Siempre he pintado mis vivencias. Cuando pinto no pienso, sólo pinto hasta que el cuadro dice basta. Después de muchos años preguntándome por qué pintaba lo que pintaba, me dí cuenta que las pinturas reflejaban exactamente mi pérdida de identidad, mi sensación de no pertenecer a ningun lugar y sin embargo ser parte de todos los lugares a la vez. Las pinturas son una unidad en sí mismas, pero al mismo tiempo tienen un aspecto de inacabado, de no saberlo todo. Cuando yuxtapongo un cuadro al lado del otro, los dos parecen ser una nueva unidad, un nuevo organismo que se sucede hasta el infinito y tiene infinitas posibilidades de conexión y resignificación. En la figura de abajo hay tres cuadros individuales pero sus límites son muy confusos y todos forman un continuum sin fin.
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